🧭 Prólogo de mis memorias: "Quien va a Santiago y no al Salvador, visita al criado y olvida al Señor". Con este mantra medieval grabado en el alma, me lancé a recorrer los 130 km que separan León de Oviedo. No fue un simple viaje; fue una confrontación con la soledad más pura, un desafío a la montaña y una lección de humildad. En estas líneas, os invito a caminar conmigo por senderos olvidados donde el silencio grita, la niebla traiciona y la cumbre te devuelve la vida que la ciudad te roba. Una ruta de reyes, reliquias y superación personal.
I. León: La Salida al Alba y la Lucha por la Credencial
Mi aventura comenzó en León envuelta en una extraña paradoja. Mientras el Camino Francés bulle de promoción y adeptos, el Salvador parece un secreto guardado bajo llave. Es un camino que parece no querer promocionarse, donde la Credencial del Peregrino no la expiden los órganos correspondientes, salvo unos pocos. Mi propia credencial me la hizo un albergue privado y no una entidad pública; una muestra de que en esta ruta, la voluntad del peregrino va por delante de las instituciones.
Salí muy temprano, cuando el sol apenas empezaba a despertar. Atravesar León al alba, con la ciudad vacía y una mañana fresca que calentaba según pasaban las horas, fue un bálsamo. Crucé frente a la impresionante Iglesia de San Marcos, prestando mucha atención para seguir las indicaciones por detrás del templo y no equivocarme con el Camino Francés. Los primeros 6 km por la ribera del río fueron un paseo agradable hasta Carbajal de la Legua, donde paré a desayunar para afrontar lo que venía: 15 km de asfalto y sendas entre montes, con cuestas sin sombra que empezaban a castigar.
Al llegar a Cascantes, el cansancio y el sol apretaban. Tuve que elegir entre la carretera directa o el rodeo de 6 km por el río para salvar la enorme central eléctrica a las afueras de La Robla. Elegí el río, y aunque fue eterno, llegar al albergue de La Robla fue el merecido descanso tras un primer día de toma de contacto con la dureza del asfalto.
II. El Camino de Antaño: Buiza y Poladura
A mí me gusta el camino de antaño, ese donde no había mucha gente. Hoy el Francés es una locura en verano, pero el Salvador, al ser duro y poco transitado, te permite vivir el camino de verdad. Se sufre, pero la experiencia es increíble. Saliendo de La Robla atravesé pueblos tranquilos hasta Pola de Gordón, donde empezaron los peores 4 km de carretera hasta Buiza.
Desde este pequeño y pintoresco pueblo comienza la verdadera montaña. Son 10 km atravesando cordilleras, rodeado de verdes paisajes naturales que te dan lo que vienes a buscar. Terminé el día en Poladura de la Tercia, una aldea preciosa donde la desconexión es total; no hay bares ni supermercados, solo una posada. Estirar las piernas por sus rincones al atardecer fue la mejor forma de prepararme para la etapa reina.
III. La Etapa Reina: Un Grito en el Techo del Mundo
Media hora antes de amanecer di el primer paso. No quería caminar de noche para no perderme las vistas y evitar las nubes tempraneras que ocultan el paisaje, como me recomendaron los lugareños. Fue un acierto. Subir al Alto de los Romeros (1430m) y ver la cruz del Salvador es algo que no se puede escribir. La sensación es increíble; grité mucho de alegría y satisfacción, un momento grabado de por vida. Allí arriba te sientes pequeño ante tanta grandeza.
Continué subiendo al Canto la Tusa (1567m), el punto más alto. Desde allí, una bajada empinada donde parecía que "besaba el suelo" por la pendiente me llevó hasta Santa María de Arbás del Puerto. Encontré la iglesia cerrada, como casi todas, y seguí el último empujón hasta el albergue de Pajares. En estos puntos de montaña siempre hay que llevar abrigo; el tiempo se nubló y se puso frío, pero iba preparado.
IV. La Traición de la Niebla y el Instinto de las Vacas
La montaña te enseña a ser consciente. En un día despejado, la niebla se apodera de todo en un segundo. Pasé un poco de miedo cuando se me vino encima en la cresta de la montaña. Me perdí, anduve kilómetros de más, pero desde arriba vi una carretera que me sirvió de orientación. Vi un camino de vacas que bajaba al pueblo más cercano y no me lo pensé: el ganado, por norma general, te llevará a algún lugar donde retomar el camino. Y así fue.
Llegué a Bendueños, cuyo albergue junto al Santuario es una pasada. Es muy recomendable avisar, especialmente si quieres cenar y desayunar. Al día siguiente, pasé por Santa Cristina de Lena. Tuve la suerte de encontrarme con un ganadero que llamó a la encargada de las llaves; pude verla por dentro. Es un sitio increíble que te transporta a la historia milenaria y prerrománica de Asturias.
V. Historia, Nutrientes y la Llegada a Oviedo
Este camino nació en el siglo XI para que los peregrinos veneraran las reliquias de la Catedral de Oviedo. Tras la apertura del Arca Santa por Alfonso VI en 1075, Oviedo se convirtió en un centro de peregrinación mundial. Caminar hoy por aquí es conectar con ese pasado, con el esfuerzo de quienes trasladaron las reliquias para protegerlas de la invasión.
En cuanto a la comida, mi estrategia era clara: nunca almuerzo para no sentir pesadez al caminar, pero tomo nutrientes como frutos secos, chocolate y plátanos. Eso sí, hacía una cena temprana a las 20:00 h, probando siempre lo típico de la zona. Aunque en algunos albergues pasé hambre, la satisfacción de llegar a Oviedo y recibir la Salvadorana lo compensa todo.
La etapa de Mieres a Oviedo fue monótona, con el deseo de ver ya a mi pareja y mi amiga que me esperaban. Pero al entrar en la ciudad, se activa un chip: ya te estás planteando el siguiente camino. Porque el Salvador te vacía para volverte a llenar.
✨ Reflexión Final
La soledad en estos parajes es tu aliada, tu paz y tu tranquilidad. Es un bálsamo para cuerpo y mente. El Salvador te enseña que el sufrimiento se olvida ante la alegría del esfuerzo cumplido. ¡Buen camino!
📸 Galería del Peregrino: La huella del Salvador
📸 Galería Fotográfica: Mis Pasos por el Salvador
Momentos capturados entre la montaña leonesa y el corazón de Asturias.


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